domingo, abril 15, 2007


Hace unos pocos años, suficientes para asustarme por lo rápido que pasa el tiempo, estaba trabajando por cuatro duros como vendedor en un gran centro comercial y quería cambiar cuanto antes a un trabajo mejor remunerado. Vivía con mis padres todavía, y ya era cercano el salto para vivir independizado con mi chica, con lo que necesitaba más dinero que el que me daban en esos grandes almacenes de cuyo nombre no debería acordarse nadie a la hora de hacer sus compras.
Mi vida estaba, como ahora, en un momento de incertidumbre, de miedo por un futuro incierto. Pero sonó el teléfono. Me llamaban de una Universidad madrileña pública. Me ofrecían un contrato de auxiliar administrativo, por tiempo indeterminado. Dudé por unos instantes, pues donde estaba entonces sí ofrecían ciertas garantías de estabilidad, aunque con sueldo de miseria. Qué demonios, merecía la pena arriesgarse.
Salí por la puerta grande del supermercado. Cuando vi los emolumentos en mi contrato lo que me iba a pagar mensualmente la Universidad, aunque eran también modestos, no eran miserables como los del centro comercial. Supe que no me había equivocado. Esa tarde de junio fui feliz, y para celebrarlo, me fui a merendar a una cafetería. Me comí un sandwich mixto con huevo. Una celebración modesta, pero suficiente para lo que me había ocurrido.
A medida que fue transcurriendo el tiempo, y en la universidad me hizo uno, dos, tres, hasta cuatro contratos, en las cafeterías de los campus comí muchos mixtos con huevo. Me encantaban. Era el sabor de haber conseguido mi parcelita en el mundo. Era absolutamente maravillosos, ese pan crujiente, ese queso derretido, el jamón york caliente, ese huevo... Era el sabor de la victoria.
Los años, por desgracia, pasan muy pronto, y yo me comía los mixtos con huevo demasiado deprisa. Mi chica siempre me regaña por comer demasiado deprisa, por no saborear la comida. A veces pienso que debería haberme comido los mixtos con huevo con más calma, más pausadamente. Sabe Dios cuándo podré saborear con calma y en paz otra vez un sandwich mixto con huevo.
Se acabó mi tiempo como trabajador en la universidad y ya no volví a saborear los mixtos con huevo de sus cafeterías. Una pena, perdonad por mi lamento.
Esta noche soñé que salía por las calles de mi ciudad una tarde, a buscar una cafetería para poder saborear un mixto con huevo. Entré en varias, y en unas no tenían pan y en otras o les faltaba el jamón york o el queso. El sueño terminó cuando valoraba la posibilidad de en lugar de merendarme un sandwich, comerme un donuts.
Entonces, me desperté preguntándome qué demonios tendrán que ver Sigmund Freud y los sandwich mixtos con huevo.
Qué cosa más absurda, ¿Verdad?