jueves, diciembre 14, 2006


Siempre que llegan estas fechas me acuerdo de los mendigos. Sé que suena a tópico, pero es así. Más que nada, por el frío que hace fuera y lo difícil que se les pone el dormir en estas fechas. Tampoco debe ayudar nada las tremendas luces que ponen los ayuntamientos. Watios y Watios que nos recuerdan que es tiempo de consumir. Para
ellos deben resultar molestas tantas luces, para coger el sueño y por la tontería generalizada que representan.
Si algo caracteriza a los mendigos españoles es su tremenda dignidad. Ejemplos hay a patadas.
Mi madre trabó amistad con un mendigo que siempre andaba por los alrededores de la calle Alcalá de Madrid. Dice mi madre que su forma de pedir era muy peculiar: "dadme algo, pero no me déis billetes, que se me vuelan"
Como podéis comprobar, era un hombre que, pese a su situación, se mostraba por lo general ingenioso y risueño. En una ocasión, el mendigo le pidió a mi madre, y ella le dio parte de la calderilla que llevaba. Al ver ésto, una compañera de trabajo que iba con mi madre pronunció esta desafortunada frase: "no le des dinero, que seguro que se lo gasta en vino" a lo que el mendigo respondió: "¿pero qué quieres, mujer. Con cien pesetas que me ha dado, me hago un crucero o qué?" Aparte de dignidad, este mendigo tenía salidas para todo.
Muchas veces le decía a mi madre que aún acostumbrado a vivir en la calle, su vida no era fácil "¿Por qué no vas a las residencias de mendigos que tiene la Comunidad de Madrid?" "Ay, hija, allí no hay Dios que esté. Todos los días hay trifulcas y yo no quiero líos con nadie""Pero pasarás mucho frío""Ahora, en invierno, pero cuando llega el verano te tumbas en un parque y la verdad es que no se está mal"
También le contó muchas historias. De otros mendigos, mayormente. Todas eran historias de despidos, de divorcios, de alcoholismos, de ludopatías, de drogadicciones, de muertes y de miseria. Todo eran pendientes cuesta abajo, sin posibilidad de volverlas a subir.
Por supuesto, ya sabéis cómo acaba esta historia: un día, mi madre no volvió a ver al
mendigo. Un ser más perdido en la noche de los tiempos y en el terror de la indigencia. A saber si en una fosa común de esas que tiene la Comunidad de Madrid y en la que nadie quiere estar, como en los albergues.
Una vez vi un programa en el cual un periodista pasaba la noche con un indigente madrileño. Al final dijo que había pasado la peor noche de su vida, no porque le agredieran, que por cierto, sí hubo posibilidad de que recibiera alguna torta sin comerlo ni beberlo, sino porque le aterraba la posibilidad de que se viera otra vez viviendo la dura y cruel vida del paupérrimo.
Desgraciadamente, no estamos tan lejos como creemos de llevar vidas de indigentes. Unos pasos mal dados o un poco de mala suerte, y en un abrir y cerrar de ojos, nos podemos encontrar rodando la pendiente que lleva a la miseria.
Mi deseo es que ni a ti ni a mí nos pase jamás. Felices fiestas.