miércoles, enero 03, 2007

¿Cuál es la diferencia entre una tragedia y una comedia? Fernando Fernán Gómez lo explicaba muy bien en una conferencia:
-Un hombre se tira por la ventana porque ha pillado a su mujer con otro. Eso es una tragedia.
-Un hombre se tira por la ventana porque ha pillado a su mujer besándose con otro. Menos mal que cae sobre un camión de estiércol, no le pasa nada. El tipo con el que estaba besándose su mujer era un compañero que hace de galán en el taller de teatro aficionado al que está apuntada. Estaban ensallando. Por cierto, el compañero es homosexual. Eso es una comedia.
Esta lección que nos da Fernando Fernán Gómez no es sólo de géneros literarios. Es también una lección de vida. A veces, un mismo acto hecho en contextos diferentes puede tener una significación u otra, se ve de un modo u otro. A veces hay que esperar para no sacar conclusiones precipitadas:
-Un hombre toca el muslo a una mujer. Se trata de Paco Martínez Soria encarnando a un risueño hombre de pueblo en la película “la ciudad no es para mi”.
-Un hombre le toca el muslo a una mujer. Es un jefe de departamento que lleva acosando tres años a una empleada que está a punto de pedir la baja por depresión.
Un mismo gesto, dos contextos diferentes, dos lecturas totalmente distintas. Hay que leer. Y para leer hay que tener la vista en condiciones.
Las líneas que dibujamos en nuestros rostros cuando vemos tragedia o comedia son muy iguales. Lo único que les diferencia es que una la dibujamos con la curvatura hacia arriba y la otra la hacemos con la curvatura hacia abajo. Hacia donde tire la curvatura de la línea depende del entorno, el contexto, los actuantes, la cultura y las consecuencias. De según cómo lo veamos, también.
Al poco de ser elegido Papa, Benedicto XVI criticaba en uno de sus primeros discursos el relativismo imperante de la época actual. Efectivamente, ya no se piensa en blanco y negro como en la Europa fascista en la que sólo había esos dos colores. Tal vez por criarse en aquella época tenga problemas para ver los matices de ciertas cosas, no distinguir la gran paleta de colores con que se dibuja el mundo. El cristal de la lente de su intelecto está sucio de ideas anticuadas. Me cuesta entender, por ejemplo, que a un hombre de su probada inteligencia, no vea con buenos ojos lo importante del uso del profiláctico en los países africanos en los que el SIDA es una plaga de proporciones bíblicas. Con todos mis respetos, si el sumo pontífice ve en el profiláctico sólo un medio de búsqueda de placer sin procreación, está viendo la realidad con los cristales sucios. Tal vez el trono de Pedro no sea el lugar más adecuado para ver todo con claridad. Tal vez el trono de Pedro sea una fábrica de miopes con malas gafas.
Debemos mirar con relatividad para descubrir toda la verdad de las cosas, liberados de prejuicios. Las circunstancias ofrecen matices que si no los valoramos justamente, podemos llegar a equivocarnos con consecuencias fatales. No es lo mismo si vemos una caricia en el banco de un parque que si vislumbramos una caricia en el oscuro almacén de una oficina. Puede que no denunciemos a la policía la caricia en un banco del parque, pues no nos hemos percatado la mirada de terror de la niña y sólo hemos pensado “¡qué bonito, un padre con su hija en el parque! Y que el gemido que hemos oído por parte de la empleada de oficina desde un oscuro almacén sea todo un arco iris en la penumbra y no un acto más de triste sumisión.
Como dice el refranero popular español: “No hay verdad ni mentira, todo depende del cristal con que se mira”
Y para terminar, un drama amoroso:
Un hombre disfruta con la representación del Don Juan Tenorio. Su mujer, que hace de doña Inés, besa con pasión al actor que hace de don Juan Tenorio. Lo que no sabe el hombre es que su mujer está perdidamente enamorada del guapo actor gay con el que comparte protagonismo.