Es una suerte tener buena memoria para el pasado. Te ayuda a entender mejor tu presente y a valorarlo en su justa medida. Recuerdo ahora, que empieza a quebrarse mi ánimo con la llegada del otoño, las hojas amarillas y todo eso, otros otoños más grises que los que se me presenta éste, cuando otras carencias mayores quebraban mi ánimo y yo veía que las noches se presentaban con una negrura mayor que nunca. Pero entonces, como ahora, había una pequeña luz que brillaba. Era, como ya sabéis, pues los suspenses que genero son de fáciles deducciones y desenlaces, la esperanza que todo iba a ir mejor.
Suelen, los que están a mi alrededor conseguir sus objetivos vitales antes que yo los míos. La razón, tal vez que me pierdo con facilidad en los vericuetos de la vida, y cuando me quiero dar cuenta, otros que tienen una edad parecida a la mía me han tomado la delantera.
Pero qué le vamos hacer: a mí me llegan las cosas tarde, pero suelen ser muy buenas cuando llegan. Decía Fernando Fernán Gómez que a él le llegaban las cosas diez años más tarde. A mí me ha pasado algo así: las cosas buenas me han llegado con una demora de diez años también. Esperemos que a partir de ahora se adelanten los plazos, pero más espero todavía que sigan llegando los sueños cumplidos.
La esperanza es el mejor antídoto contra la depresión. Yo creo que gracias a mis ilusiones, parafraseando a Khalil Gibran, siempre he visto brillar el sol entre las nubes después de una larga tormenta. La esperanza combate el miedo a los truenos y protege de los rayos. Tal vez sin ella no sobrevirías a una tormenta; el sueño del hombre despierto, decía Aristóteles que era.
He conseguido muchas de las cosas que eran causa de mi frustración y de mi pena, y no creáis que eran cosas materiales, que me importa una higa lo que vale cualquier objeto. Ahora son otras las causas de mi pesar y espero tener las fuerzas que tuve entonces para conseguirlas. Para ello cuento con mi mejor amuleto: mi mujer, que gracias a ella he logrado uno de uno de mis mayores éxitos vitales: conseguir el amor verdadero. Llegaste tarde, pero llegaste.
Tuve, tengo y tendré fracasos. Y dado que últimamente me está dando por citar, para terminar, escribiré una frase de Samuel Johnson:
"Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción".
Pues eso, que no os extingáis.
martes, septiembre 11, 2007
lunes, septiembre 10, 2007

Lo que más temo a la hora de escribir es el silencio de mi cerebro. Escribir es como preguntar a mis neuronas:
-Señoritas, tienen algo que contarme hoy?
Y las muy puñeteras la mayor parte de las veces se quedan calladas, en un silencio que conozco desde hace años. Como aquella vez que con ocho años intenté buscar el chiste definitivo y sólo me salió uno de un señor que iba a una gasolinera a pedir una lata de sardinas:
-¿Me da usted una lata de sardinas?
Y después, mutismo neuronal. Desde entonces no sé cómo termina el chiste. Empezó hace más de veinte años y todavía no he encontrado el final del chiste definitivo. Los Monty Python si que inventaron un chiste definitivo; gracias a ellos, Alemania perdió la Segunda Guerra Mundial porque sus soldados se murieron de risa.
Si a mí me cae una manzana de un árbol, mis neuronas se quedan como están; no dirían siquiera: "mmmmm, qué rica manzana" porque saben que las manzanas no me gustan. Si no se me puede ocurrir de buenas a primeras la ley de la gravedad, ¿Cómo voy a terminar el chiste de la lata de sardinas? Mi chiste quedó en un bucle infinito. A lo mejor me estoy aproximando a otra ley de la física que desconozco:
-¿Me da usted una lata de sardinas?
-Aquí sólo se venden gasolinas
-¿Me da usted una lata de sardinas?
-Aquí sólo se venden gasolinas
-¿Me da usted una lata de sardinas?
-Aquí sólo se venden gasolinas
-¿Me da usted una lata de sardinas?
-Aquí sólo se venden gasolinas
Y nada, que el chiste se queda como en un disco rayado. Todo porque no puedo idear ese final tan gracioso por cuya inexistencia llevo frustrado veinte años.
Decía el filósofo Leopold Witgenstein que de lo que no se puede hablar, mejor callar. Y claro, un chiste que se conduce mal tiene que acabar mal a la fuerza. Quizá debería haberme callado y no comenzar el chiste. Reto a cualquiera de mis lectores más rijosos a que finalicen un chiste con tal mal comienzo. Quizá debería haberme callado ese principio de chiste; desde pequeño siempre perdí todas las oportunidades de callarme.
Para crear, como todo en la vida, se necesita tener sobre todo un buen comienzo; y mezclar sardinas con gasolina no conduce a nada bueno.
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el chiste definitivo y un mal comienzo
domingo, septiembre 09, 2007
Salíamos del trabajo dos de mis compañeras y yo. Ellas estaban poniendo a caldo a otra compañera, que recientemente se había incorporado para hacer una sustitución. Yo quería que acabara pronto la conversación, porque me aburre y me incomoda profundamente la cizaña que tan bien crece en los centros de trabajo. No pagan nada por recoger cizaña, sin embargo, se cosechan toneladas en el mundo laboral, a todos los niveles. Al gobierno propongo que prepare una ley que subvencione la recogida de cizaña en otros entornos laborales distintos de los agrícolas.
El caso es que, habiendo despellejado a base de bien a la compañera, llegado un momento de la conversación, la que peor habló dijo: "Pero déjala. Todo el mundo opina igual de ella. En definitiva, somos como nos ven los demás."
¿Somos los que nos ven los demás? Me pregunté yo cuando me separé de ellas. Y entonces recordé la cantidad de veces que he estado en un entorno más o menos hostil donde la visión que los demás tenían de mí no era buena. A todos nos ha pasado eso. Habiendo hecho muy poco para merecerlo, para un grupo concreto de gente eres esa parte de la humanidad a la que odia. Qué mal se pasa cuando eres de la parte fea del mundo que nunca pensabas que ibas a ser: eres del culo del mundo siniestro de alguien, hablando en plata.
"Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota" Caray, Groucho, cómo te pasas. A cuánta gente en nuestra vida no habremos parecido idiotas. Cuánta mugre mental no se nos habrá impregnado en el cerebro por el hecho de percibir que para un grupo determinado de gente no somos más que idiotas.
Como decía Goethe: "Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano" En fin, que no os duela que un grupo de gente os crean idiotas. Nada de lo que hagáis hará que os vean de mejor manera, y puede que incluso su inquina hacia vosotros provenga del hecho de que sois más virtuosos que ellos.
Lo único que os debe preocupar es que no os llenen el cerebro de inmundicia, la cizaña, el veneno que puede mataros lentamente. Yo ya no me dejo, me he inoculado, pues yo soy el único idiota con el que puedo contar. Que se jodan, que no van a conseguir matarle.
El caso es que, habiendo despellejado a base de bien a la compañera, llegado un momento de la conversación, la que peor habló dijo: "Pero déjala. Todo el mundo opina igual de ella. En definitiva, somos como nos ven los demás."
¿Somos los que nos ven los demás? Me pregunté yo cuando me separé de ellas. Y entonces recordé la cantidad de veces que he estado en un entorno más o menos hostil donde la visión que los demás tenían de mí no era buena. A todos nos ha pasado eso. Habiendo hecho muy poco para merecerlo, para un grupo concreto de gente eres esa parte de la humanidad a la que odia. Qué mal se pasa cuando eres de la parte fea del mundo que nunca pensabas que ibas a ser: eres del culo del mundo siniestro de alguien, hablando en plata.
"Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota. Pero no se deje engañar. Es realmente un idiota" Caray, Groucho, cómo te pasas. A cuánta gente en nuestra vida no habremos parecido idiotas. Cuánta mugre mental no se nos habrá impregnado en el cerebro por el hecho de percibir que para un grupo determinado de gente no somos más que idiotas.
Como decía Goethe: "Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano" En fin, que no os duela que un grupo de gente os crean idiotas. Nada de lo que hagáis hará que os vean de mejor manera, y puede que incluso su inquina hacia vosotros provenga del hecho de que sois más virtuosos que ellos.
Lo único que os debe preocupar es que no os llenen el cerebro de inmundicia, la cizaña, el veneno que puede mataros lentamente. Yo ya no me dejo, me he inoculado, pues yo soy el único idiota con el que puedo contar. Que se jodan, que no van a conseguir matarle.
sábado, septiembre 08, 2007
Una mujer está sentada en la playa, dese donde ellá está, ve un velero y unas gaviotas; sólo unos metros más allá, sin que se percate la relajada bañista, justo detrás de un restaurante, a otra mujer a la que previamente han robado le están golpeando salvajemente. La vida se ve condicionada por el lugar en donde estés.
A mí no me están atracando y golpeando salvajemente, por ahora, pero yo veo la vida casi siempre desde el lado de atrás del restaurante.
En el restaurante puede entrar muy poca gente. De hecho, somos muy pocos en el mundo los que podemos entrar en él y comer.
A veces, lo reconozco, soy también la mujer relajada que mira el velero y las gaviotas; son pequeños instantes que valoro mucho porque son fugaces. También reconozco que en esos momentos de fugacidad pierdo el interés por las cosas mundanas, y no me percato de que a pocos metros de mí alguien está sufriendo. Fugacidad tiene la misma raíz que fuga, al igual que fugarnos. Y todos necesitamos escapar en algún momento.
Estos escritos no son de fuga. Antes al contrario, son escritos de encuentro con la realidad, que a veces se presenta ante nosotros tan desagradable que pueden producir cierta repulsión, que pueden llevar a pensar a un amigo: ¿Por qué siempre hablas de atracos y de peleas, y nunca de gaviotas y de veleros? Quizá amigo, sea una cuestión de carácter. En mi ánimo está denunciar el atraco. Me encanta ver a la gente mirando al mar, porque mirando al mar, soñé, tal y como dice el bolero. Pero no estoy tranquilo mientras haya atracos. Eso sí, te prometo que la próxima vez que vaya a la playa no me quedaré sin un momento de fugacidad, porque tengo derecho también a ser feliz y a reírme.
Y sabes que no miento, amigo mío. Puede que tenga que elevarme más para buscar la verdad, como creo que deseas, pero no te quepa duda que pongo los cinco sentidos en buscarla, aunque a ti te parezca que sólo hablo de los atracos que me interesan.
Y de acuerdo: la playa es la suma de un velero, unas gaviotas, dos mujeres, varios atracadores, un restaurante, un atraco y un instante de felicidad. Pero hay quien sólo hablará de gaviotas, otro que sólo hablará de restaurantes, otro que sólo hablará de mujeres, otro que sólo hablará de felicidad y otro que sólo hablará de atracos. Cada cual habla de lo que más sabe, amigo mío. Y yo tal vez sólo sepa hablar de atracos.
Soy un gran ignorante, amigo mío, y cada vez comprendo más el sentido de aquello tan manido de "yo sólo sé que no se nada". Pero qué quieres que te diga: nadie podrá decirme que no he intentado honestamente buscar la verdad, y bueno, no sé a qué esperas para acompañarme.
No sé a qué esperas para abrir tu blog.
A mí no me están atracando y golpeando salvajemente, por ahora, pero yo veo la vida casi siempre desde el lado de atrás del restaurante.
En el restaurante puede entrar muy poca gente. De hecho, somos muy pocos en el mundo los que podemos entrar en él y comer.
A veces, lo reconozco, soy también la mujer relajada que mira el velero y las gaviotas; son pequeños instantes que valoro mucho porque son fugaces. También reconozco que en esos momentos de fugacidad pierdo el interés por las cosas mundanas, y no me percato de que a pocos metros de mí alguien está sufriendo. Fugacidad tiene la misma raíz que fuga, al igual que fugarnos. Y todos necesitamos escapar en algún momento.
Estos escritos no son de fuga. Antes al contrario, son escritos de encuentro con la realidad, que a veces se presenta ante nosotros tan desagradable que pueden producir cierta repulsión, que pueden llevar a pensar a un amigo: ¿Por qué siempre hablas de atracos y de peleas, y nunca de gaviotas y de veleros? Quizá amigo, sea una cuestión de carácter. En mi ánimo está denunciar el atraco. Me encanta ver a la gente mirando al mar, porque mirando al mar, soñé, tal y como dice el bolero. Pero no estoy tranquilo mientras haya atracos. Eso sí, te prometo que la próxima vez que vaya a la playa no me quedaré sin un momento de fugacidad, porque tengo derecho también a ser feliz y a reírme.
Y sabes que no miento, amigo mío. Puede que tenga que elevarme más para buscar la verdad, como creo que deseas, pero no te quepa duda que pongo los cinco sentidos en buscarla, aunque a ti te parezca que sólo hablo de los atracos que me interesan.
Y de acuerdo: la playa es la suma de un velero, unas gaviotas, dos mujeres, varios atracadores, un restaurante, un atraco y un instante de felicidad. Pero hay quien sólo hablará de gaviotas, otro que sólo hablará de restaurantes, otro que sólo hablará de mujeres, otro que sólo hablará de felicidad y otro que sólo hablará de atracos. Cada cual habla de lo que más sabe, amigo mío. Y yo tal vez sólo sepa hablar de atracos.
Soy un gran ignorante, amigo mío, y cada vez comprendo más el sentido de aquello tan manido de "yo sólo sé que no se nada". Pero qué quieres que te diga: nadie podrá decirme que no he intentado honestamente buscar la verdad, y bueno, no sé a qué esperas para acompañarme.
No sé a qué esperas para abrir tu blog.
viernes, septiembre 07, 2007

En las fiestas de los hombres poderosos se precisan muchos zapatos y muchos trajes. La inmortalidad exige ir bien vestido, independientemente de los vaivenes de las modas. Lo que más odian los hombres y mujeres en el poder o a la sombra de él es el concepto de finitud y siempre hay que acudir a lo clásico para ir bien vestido. Lo clásico es lo más infinito que en este mundo se conoce.
De entre los más clásicos, un Pinochet de esmoquin observaba a una radiante Imelda Marcos también clásica. Entre los invitados, estaba Ronald Reagan. Margaret Thatcher todavía no había venido. Los ochenta eran suyos, y no de la movida madrileña. Ellos sí que vivían en una fiesta. Pinochet lo obervaba todo desde una esquina, y dejó que su mente flotara:
"Reloj, no marques las horas, porque sí que voy a enloquecer si me tengo que retirar de esta fiesta continua que es mi vida. Mi gozo costó mucho trabajo y es fruto de la muerte de un pueblo; que no cometa la Parca el error de llevárseme consigo, pues soy muy valioso. La danza de la muerte no la bailo yo; yo y los que son como yo estamos por otras danzas sin fin y para eso necesitamos muchos trajes y muchos zapatos. Todos los que estamos aquí hemos costado muy caro; no permitas que nos marchemos."
De repente, todos los del baile se volvieron a él y cantando a coro le recordaron las palabras del poeta:
Recuerde el alma dormida,
abiue el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
quánd presto se va el plazer,
cómo después de acordado
da dolor,
cómo, a nuestro parescer,
qualquiere tiempo passado
fue mejor.
A los que les respondió Pinochet:
- Ya lo sé, ya los sé, cualquier tiempo pasado fue mejor. Por eso hice lo que hice. Soy el preservador del pasado en el futuro, pues es mi camino de la inmortalidad.
De repente, notó que un codo frío le tocaba. Giró la cabeza. Era la parca, también vestida de esmoquin:
-Yo también estoy invitada a esta fiesta. Me tenéis harta y me estoy aburriendo. Todos los que estáis aquí me dais mucho trabajo, creí que quedaríais agotados de asesinar después de la Segunda Guerra Mundial, pero los monos de culo rojo siempre queréis más sangre.
-¿Has venido a por mí?
-No. Te quedan veinte años.
-Eso es falso. Yo soy inmortal y tengo la gloria y mi esmoquin es mejor que el tuyo.
-Al menos los buitres no me despojarán de él.
-¿De qué me estás hablando?
-Nada. Cosas mías.
La parca se marchó y Pinochet miró fijamente los zapatos de Imelda. Todavía no eran las doce. No se quedaría sin sus zapatos por el momento. Se acercó a ella:
-Princesa ¿Estabas tú en el coro?
-No, me temo que yo también estaba escuchando.
-Entonces no alucinaba.
-Bueno, yo creo que alucinábamos los dos.
De repente, irrumpió en el salón Margaret Thatcher completamente borracha. Pasó al lado de Videla y vomitó encima suyo. Ronald Reagan murmuró: "Estos chiquillos". Margaret señaló con el dedo a Pinochet.
-Me das asco, pero te invito a tomar el té a las cinco.
-Acepto la invitación y le comunico que la amo. A mí a hipócrita no me gana ningún anglosajón.
Dieron las doce y todos desaparecieron. Desaparecieron también el esmoquin de Pinochet y los zapatos de Imelda. y dijo Pinochet:
-Qué vergüenza. Verme así desnudo. Sic transit gloria mundi, ya me lo decía mi madre.
- No te preocupes -le dijo Imelda- No eres casi nada. Sólo un puñado de letras y una mala idea que alguien tuvo. Encima no eres inmortal.
-Menos mal. No me hacía a la idea de pasar una eternidad vestido de esmoquin.
jueves, septiembre 06, 2007
La tertulia ha perdido le prestigio de antaño para la generalidad de los españoles; la charla amena de sobremesa ha perdido su sentido y la gente prefiere echarse a dormir la siesta; los jóvenes ya no aprenden escuchando a los mayores porque para eso está internet y las reuniones de café en las empresas cada vez son más cortas y tensas porque las empresas son el reino del "todo lo que digas podrás ser utilizado en contra tuya en cuanto te des la vuelta".
En eso de descubrir la verdadera cara de las tertulias los argentinos nos llevan la delantera: parece ser que en alguna parte del antiguo granero del mundo, según la Wikipedia, decir "estoy Tertuliado" o "estoy en tertulias" equivale a decir que estás cansadísimo o que estás metido en líos gordos.
Leo también que Tertuliano, al que le pidieron prestado el nombre para inventar las tertulias, era abogado, y no hay nada que produzca más sensación de pesadez y abulia que el oír a un abogado hablar de leyes. Los abogados hablan mucho. El propio Cicerón, que algo de leyes sabía, era un palizas de cuidado, capaz de hablar y hablar en el senado durante horas. No creo que muchos utilizáramos la maquina del tiempo, en caso de inventarse, para estar presentes en uno de sus discursos, por muy brillante que fuera el antiguo orador.
Acaso sean esos argentinos los que den con el verdadero sentido de la palabra tertulia en el contexto actual: algo pesado, denso e insoportable.
En España, en cambio, en algunos lugares tenemos idealizada la tertulia. El prestigio viene de que hubo un tiempo en que la televisión se llenó de tertulias, y verdaderamente eran muy buenos espacios para aprender. Recuerdo, por ejemplo, un programa llamado La Clave, donde intelectuales y políticos se ponían a hablar después de la proyección de una película; o las tertulias de sobremesa que organizaba Jesús Hermida, en donde eran habituales gente como Camilo José Cela y Francisco Umbral, donde hablaban de lo divino y de lo humano y mientras, te enseñaban.
Ser tertuliano tenía prestigio social, a veces muy merecido: había la costumbre antes incluso de la invención de la televisión de que las fuerzas vivas de un pueblo cualquiera de España se reunieran para charlar en la hora de la siesta. El cura, el guardia civil, el médico, el alcalde y el terrateniente se reunían entorno a una mesa camilla para hablar de lo divino y de lo humano. Famosas eran también las tertulias del Café Gijón, donde lo más granado de nuestra intelectualidad se reunía para aprender y ser visto.
Pero ahora las tertulias han cambiado. La culpa, de la televisión y de la radio: ahora tienen otra naturaleza: un hatajo de desalmados que sólo quieren lucrarse a costa de manipularnos a los que les escuchamos. Y esto vale tanto para las famosas tertulias televisivas de los programas-basura del corazón como para los programas de la radio que obedecen a oscuros intereses empresariales y políticos. Ya no se busca la luz sino las tinieblas; no se trata de enseñar deleitando; ya sólo se trata de sorprender engañando; las tertulias no arrojan verdad: sólo son comercio.
El dinero lo corrompe todo y las tertulias no iban a ser menos. Siempre tuve idealizadas las conversaciones de las cuatro de la tarde; pero ayer encendí la televisión a esa hora y había un programa donde ponían a caldo a un famoso cualquiera. Entonces pensé que tal vez debería dormir más la siesta.
En eso de descubrir la verdadera cara de las tertulias los argentinos nos llevan la delantera: parece ser que en alguna parte del antiguo granero del mundo, según la Wikipedia, decir "estoy Tertuliado" o "estoy en tertulias" equivale a decir que estás cansadísimo o que estás metido en líos gordos.
Leo también que Tertuliano, al que le pidieron prestado el nombre para inventar las tertulias, era abogado, y no hay nada que produzca más sensación de pesadez y abulia que el oír a un abogado hablar de leyes. Los abogados hablan mucho. El propio Cicerón, que algo de leyes sabía, era un palizas de cuidado, capaz de hablar y hablar en el senado durante horas. No creo que muchos utilizáramos la maquina del tiempo, en caso de inventarse, para estar presentes en uno de sus discursos, por muy brillante que fuera el antiguo orador.
Acaso sean esos argentinos los que den con el verdadero sentido de la palabra tertulia en el contexto actual: algo pesado, denso e insoportable.
En España, en cambio, en algunos lugares tenemos idealizada la tertulia. El prestigio viene de que hubo un tiempo en que la televisión se llenó de tertulias, y verdaderamente eran muy buenos espacios para aprender. Recuerdo, por ejemplo, un programa llamado La Clave, donde intelectuales y políticos se ponían a hablar después de la proyección de una película; o las tertulias de sobremesa que organizaba Jesús Hermida, en donde eran habituales gente como Camilo José Cela y Francisco Umbral, donde hablaban de lo divino y de lo humano y mientras, te enseñaban.
Ser tertuliano tenía prestigio social, a veces muy merecido: había la costumbre antes incluso de la invención de la televisión de que las fuerzas vivas de un pueblo cualquiera de España se reunieran para charlar en la hora de la siesta. El cura, el guardia civil, el médico, el alcalde y el terrateniente se reunían entorno a una mesa camilla para hablar de lo divino y de lo humano. Famosas eran también las tertulias del Café Gijón, donde lo más granado de nuestra intelectualidad se reunía para aprender y ser visto.
Pero ahora las tertulias han cambiado. La culpa, de la televisión y de la radio: ahora tienen otra naturaleza: un hatajo de desalmados que sólo quieren lucrarse a costa de manipularnos a los que les escuchamos. Y esto vale tanto para las famosas tertulias televisivas de los programas-basura del corazón como para los programas de la radio que obedecen a oscuros intereses empresariales y políticos. Ya no se busca la luz sino las tinieblas; no se trata de enseñar deleitando; ya sólo se trata de sorprender engañando; las tertulias no arrojan verdad: sólo son comercio.
El dinero lo corrompe todo y las tertulias no iban a ser menos. Siempre tuve idealizadas las conversaciones de las cuatro de la tarde; pero ayer encendí la televisión a esa hora y había un programa donde ponían a caldo a un famoso cualquiera. Entonces pensé que tal vez debería dormir más la siesta.
miércoles, septiembre 05, 2007

Los cuentos son pequeñas historias de miedo que sirven para prevenir al niño de los peligros futuros. Hace tiempo escribí sobre Caperucita, dando mi interpretación sobre el trasfondo del cuento. Pero en mi infancia había otras historias que me producían todavía más pavor: las historias de las familias marcadas por la tragedia de la heroína; las historias de los zombies del extrarradio.
Cuando en los fines de semana, mis padres se juntaban con los amigos, era raro que en algún momento no se contara alguna de esas historias horrorosas. Principiaban los ochenta, y en una ciudad obrera de la periferia como la mía era frecuente que entre sus gentes se abordara el tema en convites y demás reuniones. No era para menos, pues era un tema de actualidad muy presente en la vida diaria. Yo recuerdo que en mis correrías infantiles no me era difícil ver, en algún rincón de los sitios más apartados de la ciudad, jeringuillas usadas y pedacitos de papel de aluminio renegridos, restos de alguna sórdida fiesta al aire libre de la noche anterior.Yo no tocaba las jeringuillas prevenido por mi madre, pero reconozco que las miraba con la fascinación infantil con que se mira lo desconocido. Estos recuerdos me vienen de la época en la que todavía no habían saltado las alarmas por la epidemia del SIDA. De haber sido así, el miedo de mi madre a que nosotros saliésemos a la calle hubiera sido mucho mayor.
Si yo tenía entonces ocho o diez años, los que empezaban a tomarle el gusto a la heroína tendrían entre dieciocho y veintipocos años. Es decir, de una generación anterior; la versión heavy del NO FUTURE punki, que les tomaron la delantera en eso de ser joven y pesimista; no obstante, nuestros heavies llegaron rápido al mismo sitio, a lomos del caballo apocalíptico de la periferia.
Mis padres y sus amigos contaban historias de otros progenitores un poco mayores que ellos cuyas familias estaban destrozadas porque uno o varios de los hijos cayeron en la droga fatal. Historias que hablaban de ruina psicológica y ruina económica. De casas desmanteladas poco a poco. De delgadeces extremas, de cuerpos llagados.
Ese universo tenebroso tan cercano a fuerza tenía que hacer mella en la mente de un niño impresionable. De todos los niños impresionables de la periferia. Y tal vez por eso, nosotros, la generación que sucedimos a los zombies del extrarradio descartamos la heroína como forma de pasar el rato. Nos dio por estudiar y aqui nos tenéis: los universitarios peor pagados de la historia.
Ahora ya se ven muy pocos zombies del extrarradio. Los pocos que quedan son fácilmente identificables: todos con cuarenta y tantos, sombras de si alguna vez fueron algo, dejadez en la higiene, ropas raídas, casi siempre un chándal que antaño era de vivos colores y que ahora aparecen apagados, sepultados en la grisura del polvo recogido por dormir en el suelo. Otros se han quedado en el camino: fotos de equipo de fútbol de colegas en las que del once titular, sólo quedan cuatro. Y los menos, héroes anónimos difícilmente identificables entre el maremágnum del centro comercial, que han librado una de las batallas más difíciles por las que puede pasar un hombre: la de desengancharse.
El consumo de heroína ha caído en picado en estos últimos veinte años. Es lógico, la publicidad negativa les ha hecho perder a los camellos gran parte de sus potenciales clientes: nosotros, unos tipos cualquiera de la periferia proletaria que se desesperan al asomarse al futuro. ¿A quién le importa nuestras vidas? ¿A quién le importó las vidas de los que nos precedieron, los del chándal, unos tipos cualquiera de la periferia proletaria?
martes, septiembre 04, 2007
Cómo se pasa el tiempo. Ya llevo 304 entradas. Disculpad que no haya hecho esto en una cifra más redonda, en la trescientos, pero es que me he despistado y sin querer darme cuenta, he rebasado el número redondo. Y avanzo al doce de octubre con rapidez, y entonces hará un año que escribo este blog.
Mi primera entrada era de queja por estar parado. La situación no se puede decir que haya mejorado, porque en octubre volveré otra vez a estar en el paro. Los contratos siguen siendo precarios y las únicas promesas que hace la oposición es bajada de impuestos y privatizaciones ¿Es que no tienen otra cosa mejor que ofrecer? ¿No hay en España ya suficientes subcontratas que pagan una miseria por trabajos precarios, como para que la oposición ofrezca más de lo mismo? Y mientras, los sindicatos, firmando otro acuerdo de moderación salarial para moderar más los ya muy moderados salarios, exiguos, empequeñecidos gracias a una inflación irreal, mucho menor que la real. A ver si se moderan ellos en concesiones.
Quedan diez meses para mi gran enfrentamiento con el estado, es decir, la oposición. En el lado izquierdo del cuadrilátero, un mindundi pidiendo un salvoconducto de supervivencia; en el lado derecho, un coloso gris que reparte unos mamporros fenomenales y que suele perder sólo una de cada cien peleas ¡Ufff! A ver si logro vencerle para completar uno de mis ansiados proyectos vitales: ser profesor.
O mejor dicho, ser aprendiz de los que están pidiendo paso, que no sé quién va a enseñar a quién.
Mi primera entrada era de queja por estar parado. La situación no se puede decir que haya mejorado, porque en octubre volveré otra vez a estar en el paro. Los contratos siguen siendo precarios y las únicas promesas que hace la oposición es bajada de impuestos y privatizaciones ¿Es que no tienen otra cosa mejor que ofrecer? ¿No hay en España ya suficientes subcontratas que pagan una miseria por trabajos precarios, como para que la oposición ofrezca más de lo mismo? Y mientras, los sindicatos, firmando otro acuerdo de moderación salarial para moderar más los ya muy moderados salarios, exiguos, empequeñecidos gracias a una inflación irreal, mucho menor que la real. A ver si se moderan ellos en concesiones.
Quedan diez meses para mi gran enfrentamiento con el estado, es decir, la oposición. En el lado izquierdo del cuadrilátero, un mindundi pidiendo un salvoconducto de supervivencia; en el lado derecho, un coloso gris que reparte unos mamporros fenomenales y que suele perder sólo una de cada cien peleas ¡Ufff! A ver si logro vencerle para completar uno de mis ansiados proyectos vitales: ser profesor.
O mejor dicho, ser aprendiz de los que están pidiendo paso, que no sé quién va a enseñar a quién.
lunes, septiembre 03, 2007

Me cuentan que hace poco sacaron a concurso las oposiciones para cubrir plazas de inspectores de trabajo, y por la enorme dificultad del examen, muchas quedaron desiertas. Bien por papá estado: si alguien sobra en España son los inspectores de trabajo.
Las historias que se oyen de inspectores de trabajo versan de que el único lugar que inspeccionan es el despacho del jefe o del encargado, y como estos sitios reúnen las condiciones óptimas de habitabilidad, pues dan el visto bueno a la empresa y a otra cosa, mariposa. Tampoco hace falta interpelar a un trabajador cualquiera de la empresa en los sitios donde la habitabilidad esté peor y sea más incómoda la entrevista. Un trabajador siempre dará una visión sesgada del quehacer diario de la empresa. El trabajador siempre será parcial y subjetivo, preso de sus emociones e ignorante de los números que hacen funcionar a la empresa. Sin embargo, el jefe o representante de la empresa podrá aportar al visión global y objetiva, en números e informes, que podrá dar al inspector de trabajo los datos que éste necesita. De ahí al apretón de manos sólo hay un paso. Si hay algo que le gusta al buen funcionario son los datos. Los inspectores de trabajo españoles son los mejores funcionarios del mundo, de ahí que sus oposiciones sean tan difíciles, tan llenas de datos como están.
Cuentan de un inspector de trabajo que tenía prisa por acabar la inspección porque tenía que irse al campo de golf; cuentan que avisan con quince días de antelación a las empresas de que van a realizar una inspección; cuentan que algunos se han llevado parte del dinero negro de las empresas para inspeccionarlo mejor en su casa; cuentan todas esas cosas que a lo mejor son mentira, porque si algo caracteriza al pueblo español es la envidia, y nada envidia más el español de clase baja que al funcionario de clase media, con su puesto vitalicio, sus pagas y sus trienios.
El patrón y empleado españoles odian con igual fuerza al inspector de trabajo. Aunque el primero le adule y le agasaje hasta la extenuación, le ve como un enemigo de la religión, como un hereje del dios mercado. Si pudiera, acabaría con ellos sin más contemplaciones. El dios mercado, para ser poderoso, exige no tener ningún tipo de cortapisas, ni legales ni de las otras. Si el dios mercado no pudiera hacer lo que quisiera, no sería un dios. Por eso , haciendo caso a las palabras que una vez pronunciara Michael Corleone "ten cerca a los amigos pero más cerca aún a tus enemigos" Ellos procuran tener muy cerca a los inspectores de trabajo. De su bolsillo.
Los empleados, sin embargo, no los ven por ninguna parte, ni en su bolsillo ni en ningún sitio. Los valientes que han comunicado las irregularidades de la empresa ven que con su acción no han conseguido nada. La vida sigue igual, que diría Julio Iglesias. Muchos piensan que en realidad no existen, que son un mito como los unicornios. Otros dicen que una vez vieron uno en el despacho del jefe. El caso es que para los empleados los inspectores de trabajo son criaturas con poderes sobrenaturales que un día vendrán a vencer a los ogros. Pero como las criaturas nunca se han decidido a hacerlo, les han cogido un poco de manía.
Yo creía que tenía un inspector de trabajo en mis bolsillos. He hurgado en ellos y compruebo que se me ha escapado ¡Con la ilusión que me hacía que desfaciera los entuertos de la España neoliberal! Bueno, tal vez esté matando ogros o jugando al golf. Será mitológico, el tío.
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Mitos y leyendas de la España de hoy
domingo, septiembre 02, 2007

la tarea que más me despierta sentimientos de culpa de mi trabajo es, sin lugar a dudas, cuando al nacer un bebé, le creo su representante en letras y números en el ordenador. Es decir, cuando le meto en la jaula que es la red del hospital que forma parte de esa gran cárcel cibernética del mundo entero. Qué mal me siento porque rompo su anonimato e imposibilito para siempre que sea invisible a la maldad de este mundo. Está en un laberinto de donde muchos Minotauros no le dejarán salir. Es, a partir de un momento determinado, un reo más de la burocracia, como usted, como sus padres y como yo. De verdad que yo no quería ocasionarle tanto mal. Si la burocracia es simplemente penosa como ahora, no hay problema. Pero ay, que no llegue el día en que la burocracia se convierta en una poderosa máquina de matar, devorando uno a uno a los hijos de los hombres que están detrás de los datos, cual Saturno demencial.
Si se piensa lo que hago es una verdadera faena para la criatura: desde que yo hago su equivalente numérico y alfabético, éste ya no se podrá escapar de la inmensa red de telaraña que es este estado concreto de las cosas. Le podrán poner multas a placer, embargarle por la hipoteca, meterle en juicios y en el peor de los casos, ir a la cárcel o imponerle la pena de muerte, que nunca se sabe cuánto se pueden torcer las cosas con esto de las hipotecas. Todo porque sus datos están en una ficha informática, porque yo le creé en datos para que el mundo le controlara al antojo de los gobernantes y la gente de malvivir por venir.
No sé si me podrán perdonar alguna vez esa multitud de bebés a los que yo he metido en el mundo casi infinito de los ceros y los unos. A veces sueño que soy un hombre sin identidad, intocable para los tentáculos del diabólico sistema, libre en definitiva, y de la euforia paso a sentirme culpable: menuda faena les hago a esos niños que sólo merecen felicidad. A veces maldigo a aquél que con caligrafía preciosa y elegante, de antigua enseñanza religiosa a palmetazos, me dejó perfectamente localizable para la rapiña de usureros y domesticadores que ha puesto esta sociedad para que me persigan y me tengan bien recogido y adocenado. Ahora, por ese pecado original de bella grafía, preso me hallo de la hipoteca, las facturas y las obligaciones que van a este fulanito de tal que vive en la calle cual que soy yo.
En fin, mis queridos niños, perdonad por ser yo el primero en dar vuestras señas de identidad al monstruo. No sabéis las cosas que tiene que hacer uno para ganarse la vida. Vosotros os veréis en tesitura parecida a la mía, hijos míos: alimentar al sistema para que él os alimente o llevado al extremo, por lo menos que no os devore.
Sin duda, las hormigas son más libres que nosotros los datos.
sábado, septiembre 01, 2007
Hola Diego:
Me pediste que te escribiera algo y como a mi me gusta complacer a los niños pues aquí me tienes, escribiéndote. No es que te lo prometiera, pero las peticiones de los niños son más importantes que las de los adultos, porque los niños soléis pedir cosas que merecen la pena, no como nosotros los adultos, que como tenemos las cabezas llenas de cosas sin importancia, lo que queremos no merece la pena.
Pero eso se debe a que los diez años de un niño nada tienen que ver con los de un adulto. Por ejemplo, tú en estos últimos diez años no has hecho más que cosas importantes: aprender a andar, aprender a hablar, a nadar, a montar en bicicleta, a leer y a jugar... Sin embargo, yo, en estos diez años no he aprendido nada de importancia. Bueno, sí, a volar una cometa, pero no me acuerdo de haber aprendido otra cosa importante. Ahora que me doy cuenta eres más listo que yo, porque a ti te ha dado más tiempo a aprender más cosas que a mí en estos últimos diez años.
Ahora mismo estás aprendiendo a tener amigos, y eso sí que es difícil para un adulto como yo. Cuando cumplas más años te darás cuenta de lo valiosos que son los amigos. Ahora, tú bajas a la calle y con un poquito de esfuerzo, en el parque, te podrás hacer amigo fácilmente de otro niño. Sin embargo, si yo bajo a la calle y le propongo de buenas a primeras que un tipo de mi edad sea amigo mío, lo más probable es que piense que estoy majareta y me eche de su lado o me pegue un puñetazo. Te sorprenderá, pero es que los adultos somos así de raros y así de tontos. Los niños, sois más listos y por eso os podéis hacer gran cantidad de amigos.
Pero claro, eso de que los adultos somos un poco estrambóticos no te pilla de sorpresa: cuando nos juntamos tu tía y yo con tus padres empezamos a hablar de cosas aburridísimas las cuales a ti te traen sin cuidado: quieres marcharte cuanto antes de donde estamos. Te voy a contar un secreto: a nosotros también nos aburren, pero como estamos preocupados, no nos queda más remedio que hablar de ellas. Los adultos, cuando no están preocupados, hablan de las mismas cosas que los niños: de jugar al fútbol, de ver lugares bonitos, de montar en bicicleta, de nadar...
Recuerdo que yo con tu edad tenía prisa por ser lo que soy ahora: un adulto. Se me concedió ese deseo, pero como contrapartida yo arrastro una maldición: que a medida que se pasa el tiempo, las tardes cada vez son más cortas. Me explico: antes, con tu edad, una tarde podía durarme una eternidad. Sí, yo me aburría como tú lo haces ahora. Sin embargo, me fui haciendo adulto y ahora las tardes se pasan en un suspiro y créeme, no mola, porque te sorprenderás si te digo que las tardes deben ser largas, para que dé tiempo a disfrutarlas. Que conste que yo me disgustaba tanto como tú, pero qué remedio, si las tardes cuando eres pequeño te parecen un muermazo.
Te queda mucho por aprender y quiero que seas feliz mientras aprendes. Con el tiempo te darás cuenta que saber muchas cosas es maravilloso, pero cada vez serán menos cosas importantes las que aprender, así que disfruta de los que te enseñan, de tus padres y profesores. Y juega con tus amigos, que las tardes son muy largas y te da tiempo de hacer muchas cosas. Ya tendrás tiempo de que se te hagan cortas.
¿Vale, cielo?
Me pediste que te escribiera algo y como a mi me gusta complacer a los niños pues aquí me tienes, escribiéndote. No es que te lo prometiera, pero las peticiones de los niños son más importantes que las de los adultos, porque los niños soléis pedir cosas que merecen la pena, no como nosotros los adultos, que como tenemos las cabezas llenas de cosas sin importancia, lo que queremos no merece la pena.
Pero eso se debe a que los diez años de un niño nada tienen que ver con los de un adulto. Por ejemplo, tú en estos últimos diez años no has hecho más que cosas importantes: aprender a andar, aprender a hablar, a nadar, a montar en bicicleta, a leer y a jugar... Sin embargo, yo, en estos diez años no he aprendido nada de importancia. Bueno, sí, a volar una cometa, pero no me acuerdo de haber aprendido otra cosa importante. Ahora que me doy cuenta eres más listo que yo, porque a ti te ha dado más tiempo a aprender más cosas que a mí en estos últimos diez años.
Ahora mismo estás aprendiendo a tener amigos, y eso sí que es difícil para un adulto como yo. Cuando cumplas más años te darás cuenta de lo valiosos que son los amigos. Ahora, tú bajas a la calle y con un poquito de esfuerzo, en el parque, te podrás hacer amigo fácilmente de otro niño. Sin embargo, si yo bajo a la calle y le propongo de buenas a primeras que un tipo de mi edad sea amigo mío, lo más probable es que piense que estoy majareta y me eche de su lado o me pegue un puñetazo. Te sorprenderá, pero es que los adultos somos así de raros y así de tontos. Los niños, sois más listos y por eso os podéis hacer gran cantidad de amigos.
Pero claro, eso de que los adultos somos un poco estrambóticos no te pilla de sorpresa: cuando nos juntamos tu tía y yo con tus padres empezamos a hablar de cosas aburridísimas las cuales a ti te traen sin cuidado: quieres marcharte cuanto antes de donde estamos. Te voy a contar un secreto: a nosotros también nos aburren, pero como estamos preocupados, no nos queda más remedio que hablar de ellas. Los adultos, cuando no están preocupados, hablan de las mismas cosas que los niños: de jugar al fútbol, de ver lugares bonitos, de montar en bicicleta, de nadar...
Recuerdo que yo con tu edad tenía prisa por ser lo que soy ahora: un adulto. Se me concedió ese deseo, pero como contrapartida yo arrastro una maldición: que a medida que se pasa el tiempo, las tardes cada vez son más cortas. Me explico: antes, con tu edad, una tarde podía durarme una eternidad. Sí, yo me aburría como tú lo haces ahora. Sin embargo, me fui haciendo adulto y ahora las tardes se pasan en un suspiro y créeme, no mola, porque te sorprenderás si te digo que las tardes deben ser largas, para que dé tiempo a disfrutarlas. Que conste que yo me disgustaba tanto como tú, pero qué remedio, si las tardes cuando eres pequeño te parecen un muermazo.
Te queda mucho por aprender y quiero que seas feliz mientras aprendes. Con el tiempo te darás cuenta que saber muchas cosas es maravilloso, pero cada vez serán menos cosas importantes las que aprender, así que disfruta de los que te enseñan, de tus padres y profesores. Y juega con tus amigos, que las tardes son muy largas y te da tiempo de hacer muchas cosas. Ya tendrás tiempo de que se te hagan cortas.
¿Vale, cielo?
viernes, agosto 31, 2007
Yo aconsejaría que de los libros de autoayuda sólo se leyeran sus primeras partes, pues son las que te dicen -o las que te intentan convencer- de lo buena, única y maravillosa persona que eres; el ser más especial del universo; vamos, que sin ti no soy nada, una gota de lluvia y blablablá.
Cuando deseéis volver a los Cerros de Úbeda, lugar que como sabéis yo suelo visitar con frecuencia, nos olvidéis llevaros en la mochila los libros de autoayuda, que os guiarán en los caminos perdidos en uno de los sitios más despistados de Jaén. Eso sí, cuando os bajéis no os miréis al espejo, pues si todavía os duele el alma os pasará como a Dorian Grey, que os veréis feos, aunque a diferencia del personaje de Oscar Wilde, no lo sois. Hala, aquí tenéis mi pequeña aportación para sellar vuestras autoestimas resquebrajadas.
Deberíamos visitar los cerros de Úbeda con más frecuencia, pues seguro que es ahí donde está guardado los egos perdidos de los pueblos del mundo. Qué curiosa paradoja: al hombre le define su insolencia y su desprecio frente a la naturaleza "yo, yo y nada más que yo" Parece que es lo que más repetimos a nuestra indefensa, vieja y atormentada madre: Gaia. Y sin embargo, somos seres cansados de ser y cansados de preguntarse se si alguna vez serán, que es lo único que nos falta por controlar ¿Lo único?
Los libros de autoayuda son los principales enemigos de los cerros Úbeda: "afronta la situación. Ve directo a la raíz del problema" Quedan proscritos los verbos divagar, elucubrar y distraer(se); asímismo, quedarán proscritos todos los filósofos, sobre todo los de la escuela pesimista. En fin, que poco margen nos dejan los libros de autoayuda para perderse en los sinuosos conductos del cerebro. O dejamos la aventura de descubrir para después de la resolución de los conflictos (¿Acaso hay aventura sin conflictos?).
Para terminar esta entrada de autoayuda, os brindo el siguiente consejo:
-Id a la librería y comprad todos los libros de autoayuda que tengan en ese momento.
-Recortad las diez primeras páginas de cada uno de ellos.
-Leed todas esas primeras páginas hasta que tengáis el ego bien inflado.
-Id a los Cerros de Úbeda.
-Comprad unas chuletas.
-Comprad carbón de barbacoa.
-Haced una hoguera con el carbón y con las páginas sobrantes de los libros de autoayuda.
-Asad las chuletas.
-Tomad y Coged al modo argentino.
Si con esto, vuestro ego no está lo suficientemente inflado, probad a ser catedráticos de metafísica.
Mañana nos vemos, seres únicos (en serio).
Cuando deseéis volver a los Cerros de Úbeda, lugar que como sabéis yo suelo visitar con frecuencia, nos olvidéis llevaros en la mochila los libros de autoayuda, que os guiarán en los caminos perdidos en uno de los sitios más despistados de Jaén. Eso sí, cuando os bajéis no os miréis al espejo, pues si todavía os duele el alma os pasará como a Dorian Grey, que os veréis feos, aunque a diferencia del personaje de Oscar Wilde, no lo sois. Hala, aquí tenéis mi pequeña aportación para sellar vuestras autoestimas resquebrajadas.
Deberíamos visitar los cerros de Úbeda con más frecuencia, pues seguro que es ahí donde está guardado los egos perdidos de los pueblos del mundo. Qué curiosa paradoja: al hombre le define su insolencia y su desprecio frente a la naturaleza "yo, yo y nada más que yo" Parece que es lo que más repetimos a nuestra indefensa, vieja y atormentada madre: Gaia. Y sin embargo, somos seres cansados de ser y cansados de preguntarse se si alguna vez serán, que es lo único que nos falta por controlar ¿Lo único?
Los libros de autoayuda son los principales enemigos de los cerros Úbeda: "afronta la situación. Ve directo a la raíz del problema" Quedan proscritos los verbos divagar, elucubrar y distraer(se); asímismo, quedarán proscritos todos los filósofos, sobre todo los de la escuela pesimista. En fin, que poco margen nos dejan los libros de autoayuda para perderse en los sinuosos conductos del cerebro. O dejamos la aventura de descubrir para después de la resolución de los conflictos (¿Acaso hay aventura sin conflictos?).
Para terminar esta entrada de autoayuda, os brindo el siguiente consejo:
-Id a la librería y comprad todos los libros de autoayuda que tengan en ese momento.
-Recortad las diez primeras páginas de cada uno de ellos.
-Leed todas esas primeras páginas hasta que tengáis el ego bien inflado.
-Id a los Cerros de Úbeda.
-Comprad unas chuletas.
-Comprad carbón de barbacoa.
-Haced una hoguera con el carbón y con las páginas sobrantes de los libros de autoayuda.
-Asad las chuletas.
-Tomad y Coged al modo argentino.
Si con esto, vuestro ego no está lo suficientemente inflado, probad a ser catedráticos de metafísica.
Mañana nos vemos, seres únicos (en serio).
jueves, agosto 30, 2007
El alcalde Alberto Ruiz Gallardón tiene un problema: no aguanta a la gente.
Circulan en los mentideros de Madrid dos anécdotas: cuando era presidente de la Comunidad, en el pasillo por donde él pasaba no podía haber nadie, ni señoras de la limpieza, ni otro tipo de personal subalterno. La otra anécdota que cuentan es que echaron a un empleado de un conocido teatro de Madrid por dirigirle la palabra. No es que le tuteara, ni que fuera soez o procaz; simplemente le dirigió la frase amable que tantas veces empleara con otros espectadores no tan ilustres, eso sí. Vaya cómo las gasta nuestro más fino estratega de la derecha.
Demuestra nuestro excelentísimo alcalde que, aparte de ser un buen gestor -un tanto derrochador y faraónico, todo hay que decirlo, pero buen gestor al fin de al cabo- debe ser uno de los más dúctiles actores con los que cuenta el panorama político. Porque no me digáis que no es un excelente ejercicio de saber amoldarse a las circunstancias el tener que besar a la chusma y a los que no son chusma odiándolos a todos con la misma intensidad. Actores en política los ha habido buenos, pero como él, pocos ¿O no me digáis que no es de Oscar el simular que te gusta la gente, cuando en realidad detestas a la humanidad entera, y no sólo a Federico Jiménez Losantos?
Seguramente, culto como es nuestro alcalde, habrá leído aquello del hombre masa que definiera Ortega. El filósofo era muy bueno, pero tan finolis y esnob como nuestro alcalde. El gran pensador detestaba ver los vagones de metro repletos de gente; el alcalde tiene la suerte de ir en metro sólo en las inauguraciones, cuando va sólo con sus subalternos y cuatro más ¿De dónde viene entonces la repugnancia del alcalde? Más justificación tenía el espanto del filósofo, pues a nadie le gusta el abarrotamiento de la hora punta del suburbano.
Les pasa a muchos hombres inteligentes y poderosos que a las primeras de cambio te saltan con sus manías de niño malcriado. Repite Gallardón "quiero ser presidente, quiero ser presidente", y desde su partido, con buen criterio, le bajan los humos diciéndole "ahora no, ahora no" Lo primero que debe aprender un niño es a saber esperar y a aceptar con resignación el no por respuesta. Por su bien, el partido le prohíbe vueltas a la infancia. Y mucho menos si esas vueltas pasan por la Moncloa.
Pero Gallardón erre que erre: "jooo, es que la señorita Espe me tiene manía""Algo le habrás hecho" Le responden sus mayores, que ya están hartos de ese niñato un tanto insolente y respondón que a las primeras de cambio se sube a las barbas (de Rajoy).
Como soy un poco ingenuo, espero que a este hombre no le den tanto asco las clases bajas como aparenta. Dice ser de centro, pero por sus obras le conoceréis. Y nos ha salido un tanto faraón, el jodío.
Circulan en los mentideros de Madrid dos anécdotas: cuando era presidente de la Comunidad, en el pasillo por donde él pasaba no podía haber nadie, ni señoras de la limpieza, ni otro tipo de personal subalterno. La otra anécdota que cuentan es que echaron a un empleado de un conocido teatro de Madrid por dirigirle la palabra. No es que le tuteara, ni que fuera soez o procaz; simplemente le dirigió la frase amable que tantas veces empleara con otros espectadores no tan ilustres, eso sí. Vaya cómo las gasta nuestro más fino estratega de la derecha.
Demuestra nuestro excelentísimo alcalde que, aparte de ser un buen gestor -un tanto derrochador y faraónico, todo hay que decirlo, pero buen gestor al fin de al cabo- debe ser uno de los más dúctiles actores con los que cuenta el panorama político. Porque no me digáis que no es un excelente ejercicio de saber amoldarse a las circunstancias el tener que besar a la chusma y a los que no son chusma odiándolos a todos con la misma intensidad. Actores en política los ha habido buenos, pero como él, pocos ¿O no me digáis que no es de Oscar el simular que te gusta la gente, cuando en realidad detestas a la humanidad entera, y no sólo a Federico Jiménez Losantos?
Seguramente, culto como es nuestro alcalde, habrá leído aquello del hombre masa que definiera Ortega. El filósofo era muy bueno, pero tan finolis y esnob como nuestro alcalde. El gran pensador detestaba ver los vagones de metro repletos de gente; el alcalde tiene la suerte de ir en metro sólo en las inauguraciones, cuando va sólo con sus subalternos y cuatro más ¿De dónde viene entonces la repugnancia del alcalde? Más justificación tenía el espanto del filósofo, pues a nadie le gusta el abarrotamiento de la hora punta del suburbano.
Les pasa a muchos hombres inteligentes y poderosos que a las primeras de cambio te saltan con sus manías de niño malcriado. Repite Gallardón "quiero ser presidente, quiero ser presidente", y desde su partido, con buen criterio, le bajan los humos diciéndole "ahora no, ahora no" Lo primero que debe aprender un niño es a saber esperar y a aceptar con resignación el no por respuesta. Por su bien, el partido le prohíbe vueltas a la infancia. Y mucho menos si esas vueltas pasan por la Moncloa.
Pero Gallardón erre que erre: "jooo, es que la señorita Espe me tiene manía""Algo le habrás hecho" Le responden sus mayores, que ya están hartos de ese niñato un tanto insolente y respondón que a las primeras de cambio se sube a las barbas (de Rajoy).
Como soy un poco ingenuo, espero que a este hombre no le den tanto asco las clases bajas como aparenta. Dice ser de centro, pero por sus obras le conoceréis. Y nos ha salido un tanto faraón, el jodío.
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el hombre que detestaba a la masa
miércoles, agosto 29, 2007

Ay, qué pena. Yo no sé por qué no cierras el blog. No parece que tengas muchas visitas. Alégrate, que de vez en cuando te visito yo. Que ya tengo mi posición, oye, soy un visitante ilustre, que me he casado con una chica de buena familia, y tengo un chalé en Somosaguas. Qué asco, mis vecinos son casi todos progres de postín, vivo rodeado de mierda. Pero oye, quinientos metros entre las dos plantas. Con piscina. Lo que mola tomarse unas cañitas en el porche. Menos mal que ha vuelto el buen tiempo a Madrid, que maldita la falta que hace que tenga playa. Yo prefiero mi piscina.
Cómo va el Quimicefa que tengo instalado, la Virgen, cómo va. No he tardado ni seis meses en ponerlo a pleno rendimiento. Chico, que yo no pensaba que la cosa iba a funcionar tan bien. Que a este paso aseguro la vida a mis nietos. Y mi mujer, encantada. Ahora mismo está paseándose por la milla de oro de Serrano, gracias a los huevos de oro de su marido, como esa película del hijo puta progre de Bardem. Menuda mafia la de los Bardem, venga a trincar de las subvenciones. Hatajo de cabrones.
Porque tú quieres ser de su camarilla. Me refiero, claro está, a estar forrado vendiendo a la gente rollos igualitarios y demás diarrea progre. Porque eso no se lo dices a tus lectores: en el fondo, lo que quieres es vivir de ésto, y dejar los trabajos honrados para otros. No tienes ganas tú de perder de vista ese curro de auxiliar administrativo. Todo lo honrado que tú quieras, sí. Pero más precario y con sueldo más miserable, imposible ¿Cúanto te queda de contrato? ¿Un mes, tal vez dos? ¿Y después qué, capullo? Había un estudio de los pocos psiquiatras buenos que hubo en este país, el coronel Antonio Vallejo Nájera, en el cual demostraba que los rojos sois unos débiles mentales. Tú eres la prueba de ello. En el fondo, lo que estás deseando es tener una piscina como la mía, donde tomarte un malta del copón. No tienes cojones. Ni cerebro.
Es que no vales para mentir, eres demasiado honrado, es decir, eres demasiado gilipollas. La honradez es el camino más directo a la pobreza ¿Conoces a algún honrado que se haya hecho rico? "Nuestro adorado Michael Moore", me contestarás. Y una mierda. Michael Moore es el cabrón más mentiroso y manipulador que haya parido madre. Encima, vive de vosotros, los pobrecitos progres que gastan su dinero yendo al cine a ver la mierda ésa de SICKO. Mira que sois subnormales. Creer que en Cuba hay mejor medicina que en EEUU. Hace poco estuve en casa de unos amigos que viven en Orlando. Ni te imaginas los adelantos que hay allí. Es que ni te los imaginas. Inalcanzables para un mileurista piojoso como tú. Por cierto, mis amigos son cubanos. Ni les nombres al puto barbas moribundo. A ver si se pudre de una vez.
Ahora le da por decir al Michael Morro-gordo cara de cerdo que la televisión de los EEUU tiene la culpa de la guerra de IRAK. Pues sí, gilipollas. Así deben ser unos medios informativos. Al servicio de su país. No van a estar al servicio de los putos moros ¿Qué pretendía el cerdo de Moore? ¿Que en vez de servir a la patria, como Dios manda, la CNN y la FOX bailaran el agua al guarro de Saddam Hussein? El gordo es imbécil.
Por culpa de tontos como tú, en vez de estar tirado en una cuneta, que es el destino que realmente se merece el adiposo de los cojones, el tío tiene un apartamento de cagarse en Nueva York. Está hasta el culo de dinero. Saca más con sus documentales de mierda que yo con mis pastillas, pero mucho más. Vamos, que le cambiaba el puesto ahora mismo.
Debería pensar seriamente lo de hacerme rojo. Joder, que los hay que viven de puta madre. Teniendo tontos suficientes que los escuchen...
En fin, me voy a dar un chapuzón. A ver si viene mi mujer y nos vamos a tomar el aperitivo. No sé dónde comeremos hoy, creo que fuera. No me apetece sacar los gambones ni la sepia.
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Vivir como un cerdo... Quién pudiera
martes, agosto 28, 2007
Normalmente me refiero a esto que estoy haciendo como un blog, ¿pero esto qué es realmente cómo se llama, una bitácora, una sucesión de artículos, una columna de la nueva era de la telecomunicación? Pues creo que es lo de siempre: el deseo de alguien por comunicarse por escrito con otros.
Me han pasado cosas pero no me apetece hablar de ellas. Todavía me duelen (Dime qué se siente por ahí donde estás, abuela) y aunque las emociones son el mejor ingrediente para los que escriben artículos, parrafadas, galerías y otros poemas, hoy me escuece algo el alma y no encuentro el Betadine. Otro día os hablo de ello, con más reposo y con tirita.
Alguien que siempre tuvo un gran deseo de comunicarse fue el articulista Francisco Umbral, al que yo leí educándome como él leyó educándose a los miembros de la generación del 98.
Con los filtros que ahora tiene el mercado laboral no se puede ser periodista sino tienes másteres e idiomas y a ser posible otra carrera, si no has pasado antes por la condición de semiesclavitud y tomadura de pelo que es ser becario en España. Es decir, Umbral jamás hubiera sido Umbral. Hubiera seguido llamándose Francisco Pérez Martínez, un nombre tan bueno como otro cualquiera para estar olvidado en una residencia de ancianos. Afortunadamente, esos filtros de ahora no existían en el pasado, y un señor que no terminó los estudios primarios pudo ser una figura señera del periodismo: una referencia de los que tienen no sé cuantos másteres y dos carreras ¿Hace falta tanto para escribir bien?¿Y por qué tanta gente se muere sola en las residencias?
Reconozco que Umbral era una gran pluma aunque no se encontraba entre mis favoritos: ya os dije en alguna ocasión que es el que mejor prosa desarrollaba a la hora de decir casi nada; pero cuando en alguna ocasión decía algo con la prosa de la elegancia, había que rendirse a la evidencia de que le hicieron doctor en muchas universidades por algo; y sin ni siquiera ser licenciado previamente, que más mérito tiene todavía.
Me imagino que de empezar hoy, Umbral lo hubiera hecho como lo he hecho yo: escribiendo en ordenador un poco cada día, robando una hora de concentración al escaso tiempo que tiene un paria. Ahora los periódicos sólo quieren a gente con muchos másteres para que piensen como ellos, y Umbral estuvo en varios porque sólo pensaba como él mismo.
Y yo venía a hablar de mi blog, qué demonios.
Me han pasado cosas pero no me apetece hablar de ellas. Todavía me duelen (Dime qué se siente por ahí donde estás, abuela) y aunque las emociones son el mejor ingrediente para los que escriben artículos, parrafadas, galerías y otros poemas, hoy me escuece algo el alma y no encuentro el Betadine. Otro día os hablo de ello, con más reposo y con tirita.
Alguien que siempre tuvo un gran deseo de comunicarse fue el articulista Francisco Umbral, al que yo leí educándome como él leyó educándose a los miembros de la generación del 98.
Con los filtros que ahora tiene el mercado laboral no se puede ser periodista sino tienes másteres e idiomas y a ser posible otra carrera, si no has pasado antes por la condición de semiesclavitud y tomadura de pelo que es ser becario en España. Es decir, Umbral jamás hubiera sido Umbral. Hubiera seguido llamándose Francisco Pérez Martínez, un nombre tan bueno como otro cualquiera para estar olvidado en una residencia de ancianos. Afortunadamente, esos filtros de ahora no existían en el pasado, y un señor que no terminó los estudios primarios pudo ser una figura señera del periodismo: una referencia de los que tienen no sé cuantos másteres y dos carreras ¿Hace falta tanto para escribir bien?¿Y por qué tanta gente se muere sola en las residencias?
Reconozco que Umbral era una gran pluma aunque no se encontraba entre mis favoritos: ya os dije en alguna ocasión que es el que mejor prosa desarrollaba a la hora de decir casi nada; pero cuando en alguna ocasión decía algo con la prosa de la elegancia, había que rendirse a la evidencia de que le hicieron doctor en muchas universidades por algo; y sin ni siquiera ser licenciado previamente, que más mérito tiene todavía.
Me imagino que de empezar hoy, Umbral lo hubiera hecho como lo he hecho yo: escribiendo en ordenador un poco cada día, robando una hora de concentración al escaso tiempo que tiene un paria. Ahora los periódicos sólo quieren a gente con muchos másteres para que piensen como ellos, y Umbral estuvo en varios porque sólo pensaba como él mismo.
Y yo venía a hablar de mi blog, qué demonios.
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Francisco Pérez Martínez versus Umbral
miércoles, agosto 22, 2007
La serie de los Soprano tiene en sus guiones muchas cosas dignas del recuerdo de los telespectadores. Como todas las grandes obras de creación, de los Soprano se pueden sacar múltiples lecturas, acaso insospechadas para David Chase, el creador de la serie, que a buen seguro se habrá quedado perplejo ante algunas de las interpretaciones que la gente corriente ha sacado de los Soprano, y no sólo la gente corriente: también la crítica especializada.
De la serie yo, de la gente corriente, también he sacado mis lecturas, y bueno, no sé si todo el mundo que la ha visto coincidirá con lo que yo pienso:
1º Pienso que la serie muestra el modo más cruel e inhumano del parasitismo social: Tony Soprano y los que son como él son unos parásitos que no producen nada y se dedican a vivir (muy bien, por cierto) a costa de otros. Se podría aducir que es una obra de ficción, ¿pero acaso no es la representación más fiel de lo que es la idiosincrasia de nuestra sociedad en sí? En nuestra sociedad los que mejor viven son los intermediarios: Tony y sus hombres no dejan de ser siniestros intermediarios: entre las prostitutas y los clientes, entre los constructores y los ayuntamientos...En definitiva, son los mamporreros de Satanás. Tony y sus hombres compran barato y venden caro: esas la ley del capitalismo, por la que se rige también Nike, Mc Donalds y demás mafiosos.
2ºEl patrón por el que se mide al hombre es el dinero y no la honradez y el trabajo. Un ejemplo: Tony se pasa la vida en el club Bada-Bing bebiendo y viendo bailar a mujeres desnudas; sin embargo, como gana mucho dinero, se siente legitimado frente a los demás.
3ºEl dinero está por encima de la vida de los hombres. Tony perdonó en un momento dado la vida de Ralph, uno de los capitanes de su banda al cual detestaba, porque era de los que más ingresos generaba. Sin embargo, mató a su sobrino Chris al que decía querer, porque suponía que le iba a dar problemas en el futuro; mató también a su primo y casi hermano Tony, solo por agradar a un jefe de una familia rival al que, sin embargo, también mató posteriormente. Puestos a ser prácticos, ¿no hubiera sido mejor matarle desde un principio y así se hubiera ahorrado la muerte de un primo al que se suponía que quería?
4ºLo fundamental es seguir manteniendo el mismo tren de vida. Carmella es cómplice de Tony en todo el mal que éste ha hecho porque ella nunca hizo preguntas y ella muestra una indiferencia muy grande en cómo se gana su marido la vida. Lo importante es el Porsche Cayenne que su marido le dejó en el garaje.
5ºLo importante son los testículos. Sin más comentarios.
Y podría estar escribiendo interpretaciones mías de la serie como para hacer otra bitácora. Tal vez por eso, es la segunda vez que os recomiendo la serie. Y las que hagan falta, pardiez, que terminé la sexta temporada y ya tengo síndrome de abstinencia.
Maldito fundido en negro...
martes, agosto 21, 2007

Hace poco vi balbucear una vez más a Hugh Grant en la agradable comedia "el inglés que subió una colina y bajó una montaña" y de ella se puede sacar varias lecturas optimistas sobre la vida. Pero hubo una frase que es para mí la mejor lección sobre la vida de todas las que da la película, en un momento dado un personajes dice a Hugh Grant: "Sabes, todo aquél que pasa una noche en la montaña, o se vuelve loco o se vuelve sabio" Eso me recodó a la frase dicha por un teniente a mi bisabuelo: "señor, de haber vivido usted en la ciudad, o hubiera sido presidente de la república o se hubiera vuelto loco" En un pueblo de Castilla, el ascenso a los cielos pasaba por la gran urbe.
Hay un poeta español llamado Leopoldo María Panero que es un loco y un maldito. Ahora está internado en un psiquiátrico. Nadie ha intentado como los poetas la subida de la colina, el ascenso a los cielos, y muchos han perdido la cordura en ese viaje, de ahí que haya poetas malditos, pero seguro que ni vosotros ni yo hemos encontrado un maldito poeta. Del viaje de los poetas a la colina o han regresado sabios o han regresado locos. Pero no sólo ha pasado con los poetas.
Pasó también con los filósofos, con el enloquecido Nietzsche a la cabeza; y pasó con los matemáticos, hombres que se sintieron muy solos con sus teorías. Me viene a la memoria el matemático vienés Ludwig Boltzmann (1844-1906), el inventor de la mecánica estadística, con la cual se describía el comportamiento atómico basado en la probabilidad. No pudo superar el rechazo a su tesis, y se ahorcó. Más famoso es el caso del estadounidense John Forbes Nash Jr, al que dio vida en pantalla el actor Russell Crowe en la película "una mente maravillosa". El matemático biografiado pagó la genialidad con la esquizofrenia.
Por no hablar de esos locos maravillosos que son los actores.
En cuanto a una ciencia tan reciente como es la informática, yo no dudo en catalogar como locos maravillosos a gente como Linus Torvalds y Richard Stallman; homenaje que hago extensivo a todos esos programadores que han contribuido a hacernos a todos más libres a través de una cosa tan tonta como es un ordenador. Para mí es el mismo tipo de locura maravillosa con la que se condujo toda su vida el físico Albert Einstein.
Pues ya los sabemos todos: quien pretenda subir la colina, o vendrá loco, o vendrá sabio o las dos cosas a la vez. Pero hay que subirla. Forma parte del juego de la vida.
Decía Groucho Marx: "Partiendo de la nada alcancé las más altas cimas de la miseria. Pero fue otra montaña la que subió el genio del humor.
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La locura de subir una colina
lunes, agosto 20, 2007
Me quedan tres días para irme a la playa, que para mí es el lugar donde uno no se siente culpable por no pensar en nada en especial y se puede entregar a la desprecupación sin que eso le preocupe, valga el juego de palabras.
Decía Carlos Castaneda en uno de sus libros que uno de los grandes logros que puede hacer alguien para conocerse a sí mismo es suprimir el diálogo interior que todos tenemos; yo confieso que muy pocas veces lo he logrado. De hecho, de haber cumplido a rajatabla con aquel precepto del libro, este blog no hubiera sido posible, pues es diálogo interior con un poco de organización y también algo de sintaxis, para que lo recoja alguien con similares inquietudes a las mías.
En estos cuatro días de playa que se avecinan me olvidaré del blog. Me dedicaré a una cosa que me gusta mucho: observar a la gente que en paz comparten la misma dejadez que yo. Es una lástima que no sean más los días que tenga para disfrutar de ello: todos me dicen que llegarán tiempos futuros en los que puedan disfrutar de períodos vacacionales más largos. Espero que no sea porque estoy en el paro, entonces sí que el concepto vacaciones habrá desaparecido para mí.
Volveré a ser el niño que fui, pues las vacaciones son el paraíso de todos los niños. Cuando echo la vista atrás, la mayoría de los aconteceres importantes que recuerdo transcurren en vacaciones. Tengo buena memoria para lo lúdico, a ver, qué le vamos a hacer si mi memoria es selectiva y me quedo sólo con lo que me hizo feliz.
Decía Carlos Castaneda en uno de sus libros que uno de los grandes logros que puede hacer alguien para conocerse a sí mismo es suprimir el diálogo interior que todos tenemos; yo confieso que muy pocas veces lo he logrado. De hecho, de haber cumplido a rajatabla con aquel precepto del libro, este blog no hubiera sido posible, pues es diálogo interior con un poco de organización y también algo de sintaxis, para que lo recoja alguien con similares inquietudes a las mías.
En estos cuatro días de playa que se avecinan me olvidaré del blog. Me dedicaré a una cosa que me gusta mucho: observar a la gente que en paz comparten la misma dejadez que yo. Es una lástima que no sean más los días que tenga para disfrutar de ello: todos me dicen que llegarán tiempos futuros en los que puedan disfrutar de períodos vacacionales más largos. Espero que no sea porque estoy en el paro, entonces sí que el concepto vacaciones habrá desaparecido para mí.
Volveré a ser el niño que fui, pues las vacaciones son el paraíso de todos los niños. Cuando echo la vista atrás, la mayoría de los aconteceres importantes que recuerdo transcurren en vacaciones. Tengo buena memoria para lo lúdico, a ver, qué le vamos a hacer si mi memoria es selectiva y me quedo sólo con lo que me hizo feliz.
domingo, agosto 19, 2007

Una de mis frases favoritas es aquella que escuché una vez por boca de un entrevistador de uno de esos siniestros procesos selectivos a los que me tengo que enfrentar por obligación. La frase en cuestión viene a decir: "el sentido común es el menos común de los sentidos" ¿Será verdad? Yo veo sentido común a raudales. Yo practico el sentido común; tú practicas el sentido común; él Practica el sentido común; nosotros practicamos el sentido común; el mundo entero es puro sentido común. Sabemos los mandamientos del sentido común actual, las leyes de un Moisés actual no escritas. Subí a la montaña y os las pongo en la piedra del ciberespacio:
El primer mandamiento que nos dicta el sentido común es "amarás el dinero sobre todas las cosas" Deberás atesorarlo, mimarlo, tratarlo con respeto, acrecentar el que tengas; deberás respetar la opinión del que más tiene, porque el dinero es la fuente de la sabiduría.
el segundo mandamiento del sentido común es "la naturaleza está a tu servicio. Despréciala, como desprecias a todos los que la sirven" Mira con recelo el campo, pese a ser de donde cogen tu alimento, como algo que el hombre ha superado. Mira con indiferencia a los hombres que viven en él, y compadécelos por no haber tenido el valor de irse a vivir a las ciudades.
El tercer mandamiento del sentido común es "sé individualista. Nadie hará nada por ti" Efectivamente, hoy nadie hace nada por los demás. Las ciudades son cementerios de zombies deprimidos, desvalidos, con el gran pesar de sentirnos sólos en el mundo, buscando en el diccionario qué significa "solidaridad" y de otros zombies que deambulan aunque se creen muy lúcidos.
El cuarto mandamiento del sentido común dicta "Cómprate un coche. Así podrás irte de vacaciones y no sufrirás las incomodidades del transporte público al ir a trabajar" y gracias a ello, en Madrid, puedes ver desde las afueras una cúpula siniestra que le cubre de un azul manchado de hollín.
El quinto mandamiento es "Consume. Vida sólo hay una y el comprar objetos es el camino más corto a la felicidad" Ese es le mandamiento más fácil de cumplir, el que todos más nos gusta. Y mientras, donde la vista no nos alcanza, donde no queremos ir, hay una montaña de basura cada vez es más grande, y está formada en sus capas superficiales por objetos cada vez menos usados.
El sexto mandamiento es "odia a aquél del que todo ignoras" Lo foráneo es peligroso por desconocido y los foráneos, que proceden de lo desconocido, son los seres más peligrosos y odiosos con los que te puedes encontrar. El miedo es uno de los indicadores más fiables del sentido común. Huye del extranjero, expúlsalo a la menor oportunidad. Tu miedo no puede equivocarse. Santifica las guerras, que matan a los foráneos.
El séptimo mandamiento, en relación con el anterior, es "odia todo lo que ignoras" Es decir, lo que te haga pensar, lo que necesite de tu reflexión, lo que te haga hacer el esfuerzo de mover a las neuronas. Deja a otros que piensen por ti. Lo que es difícil no merece la pena.
El octavo mandamiento es "Tanto tienes, tanto vales. La igualdad humana es una patraña. Por supuesto que unos somos mejores que otros y tenemos más derecho a la vida que otros" Siempre verás con estupor que la palabra del que más tiene será más escuchada dentro del poder que la que menos tiene. Nuestros democráticos políticos siempre cenarán con los grandes empresarios antes que contigo y conmigo, que siempre les pediremos lo mismo. Es la dictadura de los comensales.
El noveno mandamiento del sentido común es "si tú no protestas demasiado en una empresa te acabarán haciendo fijo, y podrás subir dentro del organigrama de la empresa y ganar más dinero" Gracias a eso, los españoles somos de los obreros más sumisos del mundo, y de resultas de ello nos premian con la mayor inestabilidad de Europa y con los salarios más bajos.
El décimo mandamiento nos dicta "Endéudate con los bancos, sobre todo para conseguir una vivienda. Cómprate una casa en lugar de alquilarla". Puede faltarte de todo, dicen las madres españolas, pero un sitio donde poder guarecerte nunca te ha de faltar. Siguiendo este sabio consejo, los españoles del baby-boom de los setenta nos hipotecamos hasta las cejas. De resultas de todo eso, tenemos las casas más caras del mundo a pagar en un tiempo casi infinito.
Seguid estos mandamientos al pie de la letra y no os harán felices, pero a lo mejor podréis sobrevivir. Ninguna religión ha hecho fácil el camino al hombre, y ésta, menos que ninguna. Debemos seguir así. Ya nos queda menos trecho de este absurdo camino.
sábado, agosto 18, 2007
Hace poco, leí que la industria del porno tradicional está contra las cuerdas por el porno gratis de internet, tal y como sucediera con las películas para el gran público, la música y demás. Pero una cosa buena que ha traído internet es que la información también se ha democratizado, y ya podemos enterarnos de cosas que antes nos estaban vedadas porque los medios tradicionales lo querían así. Aunque para esta nueva libertad hay una amenaza: un programa ideado por el joven Virgil Grifith, del Instituto Tecnológico de California, que sirve para descubrir las IP (direcciones electrónicas de los equipos informáticos) de las personas que han escrito una entrada para internet. De momento, el programa ha servido para cosas buenas: gracias a él han salido a la luz malas prácticas de la CIA y el Vaticano, que con todo el descaro del mundo han puesto a operarios suyos a poner manipulaciones y mentiras en artículos del Wikipedia, y parece ser que no han sido las únicas entidades poderosas las que han hecho algo así: también han encontrado entradas manipuladas desde un ordenador perteneciente a unas oficinas del Gobierno de Israel. En definitiva, que estamos ante otros de los intentos de control de la red por parte de instituciones poderosas. No puedo por menos que aplaudir que dicho programa haya puesto la cara roja a unos sinvergüenzas disfrazados de prestigio. No obstante, la parte mala es que esa herramienta también puede servir para tenernos controlados a todos nosotros, los que tenemos la libertad de hablar sin cortapisas porque nos escudamos en el anonimato. Ahora tienen una buena arma para perseguirnos. Bueno, en mi caso personal, como mis lectores no son muchos, tal vez no tenga que preocuparme de eso, pero sí me preocupa toda esa información que a mí me está llegando y de la que se me puede privar porque los gobiernos y las empresas tienen a su disposición una nueva herramienta eficaz para ejercer la censura, o que el miedo de aquél al que su sustento depende de lo que escribe le haga caer en la autocensura. Ya me estoy imaginando a algún oscuro ejecutivo corriendo con un cheque de abultadas cifras a nombre del tal Virgil Grifith para comprar el útil programa.
Soy optimista: espero que nunca logren revertir la situación y nosotros dispongamos esa libertad que nos ha dado Internet y que antes no teníamos. Sí, antes pensábamos que éramos libres, pero gracias a Internet nos hemos dado cuenta de que no. Antes de Internet éramos más vasallos que ciudadanos.
La lástima que en un futuro no muy lejano otras compañías, como las petrolíferas o las automovilísticas corran la misma suerte que la industria del porno y entonces sí que la humanidad habrá dado un gran paso hacia la libertad con mayúsculas.
Soy optimista: espero que nunca logren revertir la situación y nosotros dispongamos esa libertad que nos ha dado Internet y que antes no teníamos. Sí, antes pensábamos que éramos libres, pero gracias a Internet nos hemos dado cuenta de que no. Antes de Internet éramos más vasallos que ciudadanos.
La lástima que en un futuro no muy lejano otras compañías, como las petrolíferas o las automovilísticas corran la misma suerte que la industria del porno y entonces sí que la humanidad habrá dado un gran paso hacia la libertad con mayúsculas.
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el paso a la verdadera libertad
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